Hay una pregunta que me descolocó.

No era difícil. No pedía análisis profundo. Era incómoda de una forma muy específica.

¿Cuál es la incomodidad sorda y persistente con la que aprendiste a vivir?

Me senté con eso. Y apareció una lista.

Cosas menores en apariencia. Pero ninguna inofensiva.

Cada una lleva tiempo operando en mí, por pasillos que no figuran en ningún mapa. Muy transitados.

No llegan al fondo. Porque si llegaran… haría algo.

Y ahí está su habilidad.

Hunden hasta cierto punto. Lo suficiente para condicionar, para generar queja, frustración, enojo. Pero no lo suficiente para volverse urgentes.

Y así van. Mellando.


Lo más curioso: durante años creí que esa incomodidad venía de afuera.

Del banco. Del trabajo. Del clima. De lo que comí anoche.

Los sospechosos de siempre.

Pero no.

Venía de otro lado. Lleva años. Y yo le ponía la cara de lo que tenía más cerca.


Hay caminos dentro nuestro que no figuran en ningún mapa consciente. Pero están muy transitados.

Los recorremos todos los días, sin decidirlo.

Y desde ahí se mueve lo que más nos condiciona.

Dicen que el mapa no es el territorio.

Y a veces el territorio donde vivimos… es uno que nunca declaramos.


¿Qué hacemos con eso?

No creo que haga falta odiarlo para moverlo.

A veces alcanza con observar. Sacarlo del fondo. Traerlo a la superficie. Exponerlo.

Decirle: "te veo".

No sé hacia dónde va después. Pero ya es un paso.

© Valeria Sederino