Estás discutiendo… y sabés que tenés razón.
No escuchás. Solo esperás que el otro termine para seguir.

Ahí pasa algo.

Mientras el otro habla, lo dejás… por respeto. Pero una ansiedad corre por adentro, esperando tu turno.

No estás escuchando.
Estás esperando.

Todos queremos el micrófono. Todos queremos decir lo que pensamos.
A veces coincidimos. Otras no.

Y cuando eso se repite, aparecen las etiquetas: "con este no se puede hablar", "el otro siempre interrumpe", "tal grita demasiado".

Después cada uno se vuelve a su casa… con su razón intacta.
Y con algo más: la sensación de haberla defendido bien.

La bandera sigue en alto.

Porque en algún punto, lo que creo… lo empecé a confundir con lo que soy.
Y desde ahí, todo se ordena fácil:
me acerco a los que piensan como yo y me alejo de los equivocados.

Pobres los equivocados. A veces insoportables.
Nada nuevo.

Son dinámicas que parecen inofensivas. Pero no lo son.
Todo por tener razón.
O, mejor dicho, por no salir de ahí.

Quizás el problema no sea tener una opinión. Sino lo que hacemos con ella.

Cuando lo que creo se vuelve identidad… dejar de tener razón se siente como perder algo de mí.
Y entonces ya no hay conversación posible.

Pero no siempre pasa.

Hay momentos —pocos, pero claros— en los que algo se afloja.
Bajás la guardia.
Y, por un momento, dejás de defender.

Ahí sí escuchás.

Sin comparar. Sin preparar respuesta. Sin necesidad de tener razón.

Solo escuchás.

Y se produce algo raro:
un silencio interno.

Lo que entra es nuevo. Y no sabés del todo qué hace con lo que ya pensabas.

Pasa en terapia. A veces con alguien que sabés que te quiere. O cuando alguien se muestra vulnerable delante tuyo.

Son momentos breves.
Pero suficientes para notar la diferencia.

Ahí ya no importa tanto tener razón.

Y lo que creo… se separa, aunque sea un poco, de lo que soy.

© Valeria Sederino